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Al parecer

El cabrero

Habíamos acordado que sería aquel sábado, a mediodía. Cogí la bici y pedaleé hasta Porteros. El monte dista dieciocho kilómetros, pero como me pasaba los días sobre la bici el viaje resultó un paseo.

A medida que me acercaba a la majada el sendero para las ruedas de la bicicleta se iba estrechando hasta tener unos veinte centímetros. Tenías que procurar no salirte, lo cual era fácil porque estaba curvado de tal manera que, si no dabas un brusco golpe de manillar y te mantenías pedaleando adecuadamente, discurrías por aquel caminito entre  encinas.

 Manuel el Cabrero estaba en cuclillas junto a un pequeño fuego que removía con un palo. A los lados tenía leña, un montón con romeroy otro con carrascos.

––Muy puntual–– fue su saludo.

Era la una. Sabía que para Manuel “mediodía” eran las doce, pero de la hora solar.

––Es que quiero ver cómo es todo el proceso.

Me miró de una forma extraña, con una de las ojeadas que dedicaba algunas veces a los salamanquinos de la capital.

––Pues ya ves, ahora hay que esperar a que las brasas hagan su trabajo.

 

Estaba, pues, preparando el fuego para el prometido asado de conejo.

Guardé silencio. Manuel no era hombre de muchas palabras; sin otra compañía que las cabras, cuando tenía ocasión de dialogar con otro ser humano la desdeñaba.

 Le hubiera preguntado por el ejemplar de conejo escogido. Pero Manuel ya había hablado todo lo que quería hablar. Por otro lado, la respuesta hubiera sido superflua; en Porteros había entonces miles de conejos; tantos que era normal encontrártelos mordisqueando el tomillo o correteando por los alrededores de la senda. El día anterior el cabrero habría matado uno bien bueno, poniéndolo al sereno para que la carne “se hiciese”.

Me levanté, porque no resistía agachado tanto como mi anfitrión, y fui hacia una humeante carbonera que había allí cerca; los carboneros estaban cortando leña por los alrededores. Manuel no me perdía de vista. “Qué desconfiado es ––pensé–– seguro que está recelando por si se me ocurre subir”. Con un gesto lo tranquilicé y pareció concentrarse otra vez en las brasas.

Seguí paseando entre las cabras, sin dejar de preguntarme cuándo demonios consideraría Manuel que ya tenía suficiente cantidad de ascuas como para iniciar el asado del dichoso conejo.

Mi amigo se levantó del fuego y estuvo moviendo unos troncos grandes, disponiéndolos para que hicieran de mesa y asientos. La cosa parecía animarse. Eran las dos y mi estómago esperaba con urgencia que comenzara a asarse el conejo.

El cabrero volvió hacia el fuego miró al sol y lo vio en la vertical. Era mediodía. Su mediodía.

Se volvió hacia mí y dijo casi un discurso:

––Qué.

Podía ser una pregunta: “¿Qué hacemos?” o “¿empezamos?”...

No. Quería decirme: “¿Te has dado cuenta?”.

Con gran habilidad apartó el fuego hacia un lado y con la azadilla escarbó en la tierra. Al descubrir el conejo mi sorpresa fue considerable.

Con maestría le quitó la tierra que quedaba entre los pelos. Las callosas manos no parecían sentir el calor. Después le quitó el cabo con el que había cosido la piel y me pidió:

––Dame la fuente.

Nos sentamos y troceó el conejo con las manos, repartiendo en los dos platos aquel manjar que nunca olvidaré.

El condenado cabrero había desollado el conejo, quitándole las vísceras; le puso la sal y lo metió otra vez en la piel, cosiendo después la barriga. Más tarde lo enterraría a unos diez centímetros del suelo haciendo encima buen fuego y dejando que se asase durante sabe Dios cuántas horas.

 Seguramente era una técnica empleada desde la prehistoria.

 Se limpió la boca con la manga de la chaqueta de pana y, satisfecho, dijo:

––Qué.

 

 

Playa de Almassora, noviembre de 2005

 

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